viernes, 20 de enero de 2017

Una virreina de Nueva España que vivió toda la Guerra de Independencia

   Hoy 20 de enero de 2017 creo es bueno hacer una reflexión sobre la xenofobia, la cual por motivos varios sigue presente en nuestros días. En el caso de México la tenemos más que como discriminación racial, como social, pues somos muy dados a marcar el "nivel social" que asociamos con poder adquisitivo. En el caso del asunto xenófobo este aun existe entre algunas personas hacia los españoles, a pesar de que han pasado 206 años de que inició la guerra de Independencia, a pesar de haberla logrado y a pesar de que a lo largo del siglo XIX y todavía en el XX hubo varias oleadas de migración española hacia México. 

  Quizá eso sea la razón por la cual no le había puesto atención a lo ocurrido con un virrey de Nueva España y más que a él, a su esposa. De hecho creo que en la historia de México las esposas de los virreyes han pasado desapercibidas, al igual que las esposas de los presidentes de la República del siglo XIX... del XX por ejemplo ¿cómo se llamaba la mujer de Alvaro Obregón? sin consultar en la web dudo que más de dos lo sepan de memoria.

 Encuentro una historia curiosa, rayando en "rara" en el sentido de que nunca la había escuchado, no sabía que la virreina, Doña Inés de Jáuregui y Aróstegui, esposa de Iturrigaray, se había quedado en México y había muerto aquí en 1834. Veamos:

   “La Virreina que más ha sufrido a manos de los historiadores ha sido, sin duda, doña María Inés de Jáuregui y Aróstegui, esposa de don José de Iturrigaray; a tal grado se han exaltado las pasiones con los sucesos políticos, que en la época de este Virrey se desarrollaron.

  Cuando, en 4 de enero de 1803, llegaron a a Guadalupe los nuevos gobernantes, "la concurrencia —dice Bustamante— se retiró complacida con el trato afable y popular de la Virreina, señora de regular figura y de un comportamiento airoso y galán." Su esposo, por su parte, era "caballeroso, muy afecto a las diversiones y fiestas públicas y muy digno en todo, menos en los negocios en que se versaba dinero," según don Francisco Sosa, quien asegura que doña Inés "ayudaba a Iturrigaray en sus especulaciones y que todos los que pretendían colocación, favor o el arreglo de cualquier negocio, a ella acudían, siendo "agente muy activo y eficaz para estos indignos manejos una dama llamada doña Joaquina Arangúren, nativa de Navarra, que siempre estaba al lado de la Virreina."

  Apenas tomara posesión del Virreinato, Iturrigaray demostró su afición a las diversiones públicas, como eran las corridas de toros y peleas de gallos, y el 21 de febrero sucedió un acontecimiento memorable. Fué el caso que, estando, la plaza de El Volador henchida de gente para presenciar la corrida de toros que iba a empezar, en el acto de partir la plaza los Granaderos de Comercio, sobrevino un eclipse de sol que llenó de pavor a los doce mil espectadores allí reunidos. Cuando apareció de nuevo el astro del día, fué tal el contento de todos, que empezaron a aplaudirlo frenéticamente, mientras la música tocaba diana.

  Débese a estos Virreyes la introducción en México de la vacuna. Poco después de que ésta se descubriera en Inglaterra, Iturrigaray la hizo traer de La Habana para propagarla, y la Virreina consintió en que el primer experimento se hiciese en su hijo Vicente, de veintiún meses de edad. Como era la primera dama de la Colonia, no fué extraño que fuera asiduamente cortejada y que contrajera íntima amistad con las principales señoras de la aristocracia; pero, con ninguna más que con la segunda Condesa de Regla, posteriormente Marquesa de Villahermosa de Alfaro. Casi no pasaba día sin que se viesen, llegando su intimidad a grado tal, que se prestaban mutuamente alhajas y hasta prendas de vestir.

 “Todos se disputaban el honor de obsequiarla, y en 1805, se escogió su cumpleaños, 21 de enero, para inaugurar las nuevas obras de aguas recogidas en Coajimalpa. A pesar de todo, la maledicencia quiso mancillar la honra de doña Inés de Jáuregui, haciendo correr la versión de que tenía relaciones con don Ignacio Obregón, apuesto caballero, deudo cercano del Conde de Valenciana, Coronel del Regimiento de Dragones de Nueva Galicia, quien, según Alamán, gastó grandes sumas en su obsequio; pero, como dice muy bien don Genaro García, siendo la Virreina de cincuenta años de edad, poco más o menos, el afecto que Obregón le profesaba debe haber sido sobremanera respetuoso, casi filial.

  Entre los sucesos, reales o fingidos, que precedieron la prisión de Iturrigaray en 1808, no debemos olvidar que se decía con insistencia que éste intentaba proclamarse Rey de México, con el título de José I, y que la Virreina admitía de sus domésticos el tratamiento de Majestad, especies que se propalaron tan rápidamente, que hasta se dijo que el célebre artífice Rodríguez Alconedo estaba labrando la corona para el nuevo monarca. ¡Asegurábase, además, que sus hijas pretendían tomar los títulos de Princesas de Texcoco y de Tacubaya!

  Absurdas como eran estas especies, se tomaron como pretexto, entre otras, por el partido europeo, para fraguar la conspiración en contra de Iturrigaray. En la noche del 15 de septiembre, concurrió con su esposa al teatro, y al terminar la función, retiróse a palacio y se recogió sosegadamente "sin hacer el menor aprecio del aviso que le dió doña Inés, de que notaba desde el balcón una reunión considerable de gente". Después de la media noche, se introdujeron en Palacio los conjurados y mientras unos aprehendieron al Virrey, otros rompían la puerta de la alcoba de doña Inés, quien huyó espantada y semidesnuda a refugiarse en su tocador con su hija Pilar, de trece años de edad, y Vicente, niño aún. Arrojáronse los asaltantes sobre el lecho de la dama, desgarraron las sábanas con los tacones de sus botas e hicieron pedazos el dosel con los cañones de sus fusiles, todo en medio de las bromas más insolentes. En cuanto pudo, se presentó la Virreina en la alcoba de su marido, y al verlo, exclamó entre sollozos:

  —¡Gracias a Dios que te veo, pues creía no encontrarte con vida, lo mismo que a mis hijos!

  Permanecieron los Virreyes y sus hijos, custodiados por centinelas, hasta las tres de la mañana, hora en que fueron sacados de Palacio por los conjurados, y llevados, Iturrigaray y los dos mayores a la Inquisición, y doña Inés, con Pilar y Vicente, en la silla de manos del Arzobispo, al cercano convento de San Bernardo, yendo la Virreina "tan afligida y consternad a que al corazón más duro movía a compasión y lástima".

  Se quedó doña Inés con las bernardas hasta el 6 de octubre siguiente, en que salió de México para Veracruz, escoltada por cincuenta dragones,y acompañada por el Capitán de Artillería don Manuel Gil de la Torre y don José Ignacio Uricena, Oficial de Voluntarios, quienes la trataron durante el viaje con toda la atención y cortesía debidas a su sexo y al alto puesto que ocupara.

  "Reunida en San Juan de Ulúa con su marido e hijos mayores, que habían sido conducidos allí el 21 de septiembre, embarcáronse en el navio "San Justo", que zarpó para Cádiz el 6 de diciembre. En aquel puerto permaneció doña Inés algunos años, mientras seguía la causa de infidencia formada al Virrey depuesto; y no debió ser muy halagüeña su situación, puesto que de ella se queja constantemente en sus cartas a la Marquesa de Villahermosa, al grado que ésta, en varias ocasiones, la ayudó con sumas de dinero.

  Cuando se sobreseyó la causa de infidencia de Iturrigaray, siguió la de residencia y condenósele, a la postre, al pago de fuertes sumas; pero, como falleció el acusado en Madrid, a 3 de noviembre de 1815, doña Inés se trasladó a México con su familia, para solicitar que no se diese cumplimiento a la sentencia, para lo cual hizo valerlos méritos que Iturrigaray había contraído, por haber sido el primer autor y promovedor de la independencia.

  Radicóse la ex Virreina en Tacubaya, en donde llevó una vida bastante modesta y retirada, hasta su muerte acaecida en 24 de junio de 1836 a los 77 años de edad; y fué sepultada en la Parroquia, en la Capilla del Santísimo Sacramento, en donde hasta hace poco se veía su tumba." (1)

  ¿Qué habrá sido de la esposa de José María Calleja?, ahora que encuentro este texto me surgió la duda, si se quedó en México o se fue a España. ¿Y de la de Venegas? ¿y la de Apodaca?

Fuente:

Romero de Terreros, Manuel. Bocetos de la vida social en la Nueva España. Editorial Porrúa, México, 1944. pp. 77-83

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